Archivo mensual: noviembre 2014

Club de Lectura. 26ª sesión: de Boris Vian a Jorge Luis Borges

Boris Vian (fotografía tomada de Wikipedia)

Boris Vian
(fotografía tomada de Wikipedia)

Animadísima sesión de nuestro Club de Lectura de la Biblioteca Bartolomé J. Gallardo. Habíamos leído Que se mueran los feos, de Boris Vian, una novela divertida, imprevisible, alocada y gamberra de un autor muy singular. Con elementos, estructura y diálogos propios del género (o subgénero) policiaco, así como de la ciencia ficción, Que se mueran los feos es finalmente una parodia de estos tipos de narración; pero es también algo más. Veamos.

Sospechaba que habría disparidad de comentarios con respecto al libro, y así fue: para empezar, Yolanda, Pedro Luis o Paqui expresaron, con más o menos reservas, su disgusto con una narración sin sentido, ni siquiera sentido del humor y decididamente pésima. Añadieron que no tiene una estructura clara, que parece improvisada, que carece de valores literarios claros, que los personajes son muy planos y simplones… Es verdad que esta novela no es la mejor de Boris Vian; cabe decir que a Vian se le recuerda más por otros títulos (La espuma de los días o La hierba roja, por ejemplo, así como sus poemas y canciones), pero los valores de Que se mueran los feos son muy distintos a los de las obras que acabo de citar: hay que leerla con otras claves, con otra mirada. Esas otras claves/miradas fueron expresadas por los demás compañeros del Club con el entusiasmo suficiente como para que, al final de la sesión, Yolanda expresara que le había encantado escucharnos (dando en el blanco de lo que es un Club de Lectura: un intercambio de puntos de vista entre un grupo de aguerridos lectores dispuestos a modificar sus propios pareceres y comprender empáticamente los ajenos). Por su parte, Laura comentó que tampoco le había gustado, pero que… no había podido dejar de leerla, que la narración le seducía. Bien, pues tiremos de este hilo: ¿por qué puede seducirnos, engancharnos, una narración disparatada que puede no gustarnos demasiado?

En general, a todos nos pareció una obra muy divertida, dinámica y, sobre todo, paródica. Ahí está la clave: Que se mueran los feos es una parodia completa del género policiaco y sus modelos de personajes, de sus estructuras, de sus tramas, de sus diálogos… Sólo así se entiende el descontrol narrativo, la falta de trascendencia e importancia de la que hablaban Lorenzo y Candi (quienes aclaraban que esas carencias son deliberadas, que así lo habría querido el autor). Lo más destacable, pues, estaría en el tono vital, en la pasión que el libro destila, en la completa libertad con la que ha sido escrito, siendo finalmente, por resumir, un elogio de la juventud y sus impulsos de toda clase.

José Antonio (Fifo) la relacionó agudamente con El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza; Leonor y Paqui se la iban imaginando como un cómic (Sin City, citó Leonor); Alba la relacionó con 1984, de George Orwell, por los aspectos truculentos de la historia; José Luis construyó un razonamiento que comenzaba en el cine policiaco de la época y terminaba en Lévi-Strauss y los estructuralistas, pasando por las corrientes literarias del absurdo y su sentido del humor, además de Aldous Huxley; Antonio y yo mismo citamos a Raymond Chandler y Dashiell Hammett; Javier valoró, en las primeras páginas de este mundo al revés, al guaperas protagonista, Rocky Bailey, como un alma femenina acosada por las mujeres, mientras que las mujeres adoptan generalmente (por no decir siempre) un comportamiento arquetípicamente masculino. Realmente, entre todos sacamos bastantes referencias, siendo una conclusión aceptable para todos que la literatura es, entre otras muchas cosas, juego y libertad creativa (como aprendimos para siempre al leer a Julio Cortázar, por ejemplo). Y risas. Y un poco de locura. Y un poco de sinsentido y exceso, en la mejor tradición, francesa en este caso, de Rabelais o Voltaire. Y no tomárselo todo demasiado en serio: recordemos que Boris Vian escribió esta novela justo después de la II Guerra Mundial, y es perfectamente comprensible la pendulación hacia el humor desenfrenado tras semejante despliegue de salvajismo colectivo. Esta consideración motivó asimismo que Antonio, en su lectura, destacara temas muy serios, e incluso actuales, bajo la sátira de la narración: el descarnado racismo/fascismo y sus proyectos de creación de un mundo de guapos que quiere realizar un tal Markus Schulz, malo malísimo de esta aventura y antagonista de nuestro guapísimo detective improvisado Rocky Bailey.

Para terminar, no quiero dejar pasar cómo Javier señaló, con un punto de cándida malignidad, que el título de esta obra (Que se mueran los feos) bien pudiera ser una alusión a Jean-Paul Sartre. Se sabe que la mujer de Boris, Michelle Vian, comenzó una relación con Sartre y, naturalmente, el matrimonio se vino abajo. A todo esto, Boris y Jean-Paul eran amigos hasta ese momento.

Cambiamos completamente de registro el próximo día: habremos leído El Aleph, del grandísimo Jorge Luis Borges, y expondremos nuestros puntos de vista sobre una obra que, a su vez, es un festín de puntos de vista.

Os dejo a todos, como siempre, algunos enlaces interesantes (para ir abriendo boca, para disfrutar aún más…, para lo que se quiera):

  1. Una interesantísima entrevista a Borges en el programa A fondo, de TVE, en 1976.
  2. Algunos poemas, recitados por el propio Borges.
  3. El podcast de un programa de RNE: Borges en su laberinto, emitido el 11/04/2003.

Club de Lectura. 25ª sesión: de Julio Llamazares a Boris Vian

Fotografía tomada de Wikipedia

Julio Llamazares (fotografía tomada de Wikipedia)

Habíamos estado leyendo, durante los quince días previos, una de las novelas más célebres de Julio Llamazares, La lluvia amarilla. Antes de comenzar la sesión, aún en la puerta, fui preguntando por las primeras impresiones a algunos de los compañeros de Club. Los comentarios incluían siempre dos adjetivos: dura y bellísima. Así que no fue de extrañar que, ya metidos en harina, ya reunidos, alguien cargara la pregunta y disparara: ¿de dónde saca este hombre [Julio Llamazares] tanta tristeza? Ese fue el comienzo.

Es cierto, y todos lo habíamos apreciado así. La lluvia amarilla es un libro triste y duro por demás, pero bellísimo. De hecho, un tema tan presente en este libro como lo es la soledad queda en segundo plano. El planteamiento de la historia, su argumento, es muy sencillo: Ainielle, pequeña aldea situada en el pirineo de Huesca, se va quedando paulatinamente sin habitantes. A partir de ahí, conocemos esta aldea, su devenir histórico y su destino mediante el monólogo interior de Andrés, el último que queda.

Uno de los temas que más nos ocupó fue el del conflicto. Si Andrés está solo, aislado la mayor parte del tiempo por la nieve u otras condiciones climáticas… ¿cuál es el conflicto, cómo se mantiene la tensión dramática y narrativa, la construcción del personaje, la construcción de la trama? Sus ocupaciones no parecen muy novelescas, o novelables, e incluso se habló de pobreza de acciones, de la falta de un argumento agradable; y, sin embargo, La lluvia amarilla nos atrapa, nos subyuga. Partiendo de estas preguntas y de opiniones dispares, creo que todos aceptamos finalmente (con más o menos reservas) que el conflicto es más profundo y diverso de lo que pudiera parecer, y se desarrolla por varias vías: Andrés lucha, agoniza (en sus sentidos etimológico y actual) consigo mismo, debatiéndose con sus recuerdos y la Casa/familia/estirpe que se acaba; con quienes le van abandonando, vecinos, familia…; con la naturaleza y sus inclemencias, que le aíslan cada vez más y le animalizan; y, finalmente, con la fuerza de la civilización, que aquí es disgregadora y elemento de ruptura generacional.

Todo se desmorona, y se destaca de forma muy clara el paralelismo entre la decadencia de una aldea y la del protagonista. Por momentos, asistimos a una pérdida de las coordenadas de espacio y tiempo que nos sugiere un viaje hacia la locura: los recuerdos de Andrés son la médula de la narración, y esos recuerdos están cada vez más mezclados, aleatoriamente barajados, e incluso traídos a un presente caótico en el que familiares y vecinos ya muertos desde hace tiempo tienen su espacio, compartido física o psíquicamente con el protagonista. Varios de los miembros del Club establecieron en seguida la relación con Pedro Páramo, de Juan Rulfo, acertadísima, y poco más hay que añadir para quien conozca esta monumental obra del mexicano.

Otro aspecto importante que se comentó fue la adecuación del lenguaje usado por el narrador/protagonista. En efecto, hay cierta inadecuación del registro lingüístico de la voz narrativa (un registro muy culto, con hallazgos poéticos muy elaborados, con despliegue de figuras retóricas) y la figura de quien porta esa voz narrativa (un aldeano que, aunque no es analfabeto, prácticamente no ha salido de la aldea durante su vida y ha leído más bien poco). Fue un animado debate, ciertamente, y se expusieron buenas razones. No en vano es un debate tan antiguo como la misma literatura. Si lo pensamos despacio, los usos lingüísticos de personajes de extracción rural o, al menos, a priori poco instruidos, a lo largo de la literatura universal han sido muchos y diversos. El problema es que tenemos a la realidad (o su imagen proyectada en nuestra mente) como referente. Podríamos recordar, desde Virgilio a Garcilaso de la Vega, cómo las églogas reproducen un lenguaje elaboradísimo y, por tanto, poco realista; cómo los cabreros y pastores de Cervantes son excelentes narradores; cómo los aldeanos de Felipe Trigo, Benito Pérez Galdós o Vicente Blasco Ibáñez (realistas/naturalistas) hablan de forma que nos parece más adecuada, con correctísima sintaxis; cómo los hermanos Álvarez Quintero practicaron el pastiche lingüístico; en definitiva, cómo este problema no es nada nuevo. ¿Entonces…? Pues entonces, aceptemos que esta irrealidad lingüística es pactada, es un acuerdo tácito entre autores y lectores que funciona muy bien desde hace siglos, una ficción que reconocemos como tal (del mismo modo que las historias lo son: pensemos, por ejemplo, en los viajes de Gulliver). Y aceptemos que es una licencia creativa de los autores para que los lectores disfrutemos (y debatamos), y comprendamos finalmente que la ficción no es sinónimo de mentira, del mismo modo que la realidad no es sinónimo de verdad.

Más aún podría comentar sobre la segunda sesión del Club de Lectura de la Biblioteca Bartolomé J. Gallardo, pero aquí lo dejo por no ser prolijo. Sí quisiera decir, no obstante, que estoy encantado con los miembros nuevos de este año.

El próximo libro que comentaremos será Que se mueran los feos, de Boris Vian, editado por Tusquets. Desembarcamos, pues, en un libro divertido, paródico, desenfrenado y un punto gamberro. ¡Ay, adorable Boris Vian, con cuánta libertad de condujiste, con cuánto placer te leemos!

Os dejo enlaces a propósito, y os animo a comentar en el blog si os apetece:

  1. Algunos poemas de Boris Vian, aquí.
  2. Un podcast de Radio 3 (emitido en agosto de este año) titulado Boris Vian “Crónicas de jazz”. Los Ángeles.
  3. Y su biografía en Wikipedia.

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