Club de Lectura. 25ª sesión: de Julio Llamazares a Boris Vian

Fotografía tomada de Wikipedia

Julio Llamazares (fotografía tomada de Wikipedia)

Habíamos estado leyendo, durante los quince días previos, una de las novelas más célebres de Julio Llamazares, La lluvia amarilla. Antes de comenzar la sesión, aún en la puerta, fui preguntando por las primeras impresiones a algunos de los compañeros de Club. Los comentarios incluían siempre dos adjetivos: dura y bellísima. Así que no fue de extrañar que, ya metidos en harina, ya reunidos, alguien cargara la pregunta y disparara: ¿de dónde saca este hombre [Julio Llamazares] tanta tristeza? Ese fue el comienzo.

Es cierto, y todos lo habíamos apreciado así. La lluvia amarilla es un libro triste y duro por demás, pero bellísimo. De hecho, un tema tan presente en este libro como lo es la soledad queda en segundo plano. El planteamiento de la historia, su argumento, es muy sencillo: Ainielle, pequeña aldea situada en el pirineo de Huesca, se va quedando paulatinamente sin habitantes. A partir de ahí, conocemos esta aldea, su devenir histórico y su destino mediante el monólogo interior de Andrés, el último que queda.

Uno de los temas que más nos ocupó fue el del conflicto. Si Andrés está solo, aislado la mayor parte del tiempo por la nieve u otras condiciones climáticas… ¿cuál es el conflicto, cómo se mantiene la tensión dramática y narrativa, la construcción del personaje, la construcción de la trama? Sus ocupaciones no parecen muy novelescas, o novelables, e incluso se habló de pobreza de acciones, de la falta de un argumento agradable; y, sin embargo, La lluvia amarilla nos atrapa, nos subyuga. Partiendo de estas preguntas y de opiniones dispares, creo que todos aceptamos finalmente (con más o menos reservas) que el conflicto es más profundo y diverso de lo que pudiera parecer, y se desarrolla por varias vías: Andrés lucha, agoniza (en sus sentidos etimológico y actual) consigo mismo, debatiéndose con sus recuerdos y la Casa/familia/estirpe que se acaba; con quienes le van abandonando, vecinos, familia…; con la naturaleza y sus inclemencias, que le aíslan cada vez más y le animalizan; y, finalmente, con la fuerza de la civilización, que aquí es disgregadora y elemento de ruptura generacional.

Todo se desmorona, y se destaca de forma muy clara el paralelismo entre la decadencia de una aldea y la del protagonista. Por momentos, asistimos a una pérdida de las coordenadas de espacio y tiempo que nos sugiere un viaje hacia la locura: los recuerdos de Andrés son la médula de la narración, y esos recuerdos están cada vez más mezclados, aleatoriamente barajados, e incluso traídos a un presente caótico en el que familiares y vecinos ya muertos desde hace tiempo tienen su espacio, compartido física o psíquicamente con el protagonista. Varios de los miembros del Club establecieron en seguida la relación con Pedro Páramo, de Juan Rulfo, acertadísima, y poco más hay que añadir para quien conozca esta monumental obra del mexicano.

Otro aspecto importante que se comentó fue la adecuación del lenguaje usado por el narrador/protagonista. En efecto, hay cierta inadecuación del registro lingüístico de la voz narrativa (un registro muy culto, con hallazgos poéticos muy elaborados, con despliegue de figuras retóricas) y la figura de quien porta esa voz narrativa (un aldeano que, aunque no es analfabeto, prácticamente no ha salido de la aldea durante su vida y ha leído más bien poco). Fue un animado debate, ciertamente, y se expusieron buenas razones. No en vano es un debate tan antiguo como la misma literatura. Si lo pensamos despacio, los usos lingüísticos de personajes de extracción rural o, al menos, a priori poco instruidos, a lo largo de la literatura universal han sido muchos y diversos. El problema es que tenemos a la realidad (o su imagen proyectada en nuestra mente) como referente. Podríamos recordar, desde Virgilio a Garcilaso de la Vega, cómo las églogas reproducen un lenguaje elaboradísimo y, por tanto, poco realista; cómo los cabreros y pastores de Cervantes son excelentes narradores; cómo los aldeanos de Felipe Trigo, Benito Pérez Galdós o Vicente Blasco Ibáñez (realistas/naturalistas) hablan de forma que nos parece más adecuada, con correctísima sintaxis; cómo los hermanos Álvarez Quintero practicaron el pastiche lingüístico; en definitiva, cómo este problema no es nada nuevo. ¿Entonces…? Pues entonces, aceptemos que esta irrealidad lingüística es pactada, es un acuerdo tácito entre autores y lectores que funciona muy bien desde hace siglos, una ficción que reconocemos como tal (del mismo modo que las historias lo son: pensemos, por ejemplo, en los viajes de Gulliver). Y aceptemos que es una licencia creativa de los autores para que los lectores disfrutemos (y debatamos), y comprendamos finalmente que la ficción no es sinónimo de mentira, del mismo modo que la realidad no es sinónimo de verdad.

Más aún podría comentar sobre la segunda sesión del Club de Lectura de la Biblioteca Bartolomé J. Gallardo, pero aquí lo dejo por no ser prolijo. Sí quisiera decir, no obstante, que estoy encantado con los miembros nuevos de este año.

El próximo libro que comentaremos será Que se mueran los feos, de Boris Vian, editado por Tusquets. Desembarcamos, pues, en un libro divertido, paródico, desenfrenado y un punto gamberro. ¡Ay, adorable Boris Vian, con cuánta libertad de condujiste, con cuánto placer te leemos!

Os dejo enlaces a propósito, y os animo a comentar en el blog si os apetece:

  1. Algunos poemas de Boris Vian, aquí.
  2. Un podcast de Radio 3 (emitido en agosto de este año) titulado Boris Vian “Crónicas de jazz”. Los Ángeles.
  3. Y su biografía en Wikipedia.
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