Archivo mensual: diciembre 2014

Club de Lectura. 28ª sesión: de Ramón J. Sender a Natsume Sōseki

Ramón J. Sender (imagen de www.ramonjsender.com)

Ramón J. Sender
(www.ramonjsender.com)

De entre la mucha y variada producción literaria de Ramón J. Sender, un autor que me gusta mucho y al que acudimos quizá poco, hemos leído La tesis de Nancy. Para ser francos, debo decir que esta novela no ha gustado especialmente a los lectores del Club de la Biblioteca. Ya lo escribía en la anterior entrada, cuando la anunciaba: no está entre las mejores de este autor, que firmó obras memorables que toda persona instruida debiera leer (Crónica del alba o La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, por citar sólo un par). La tesis de Nancy se ha quedado vieja, esa es la verdad. Hace gracia, sí, pero cansa muy pronto. Es interesante, sí, pero aburre antes de alcanzar las ochenta páginas. Ramón J. Sender la publicó en 1962, exhibiendo un sentido del humor, un planteamiento, unos personajes y una estructura acordes con los lectores de la época; de hecho, su publicación fue un verdadero éxito editorial en su día. Pero no conecta demasiado con nosotros. Sin embargo, merecía la pena leerla.

El planteamiento es muy sencillo: una estudiante norteamericana viene a España, a Sevilla, a estudiar y hacer una tesis sobre nuestro país. En forma de cartas que envía a los Estados Unidos, accedemos a su proceso de adaptación a Sevilla y a su gente, de modo que a Nancy la vemos permanentemente en su periplo por un paisaje de arquetipos y costumbrismos. No hay una trama que enganche al lector (tal vez su relación con Curro, el gitano, tal vez su relación con Mrs. Dawson, pero son muy insuficientes). La tesis de Nancy se desarrolla, pues, como una sucesión de episodios en los que Ramón J. Sender va integrando equívocos lingüísticos muy divertidos en su mayor parte, confusiones propias de un choque entre culturas y reflexiones en las que se aúnan la candidez y la inocencia de esta jovencita con el cientificismo asumido en los Estados Unidos (su herramienta para elaborar su tesis). Es muy interesante, a este respecto, observar cómo el autor juega a poner sobre la mesa no sólo los estereotipos que se atribuyen a los sevillanos (y, por reduccionista extensión, a los españoles), sino que también nos presenta al arquetipo americano (esa candidez, esa aparente inocencia, ese rigor y adelanto científico). Al final, resulta un tapiz de equívocos con conceptos que, inconscientemente, muchas veces manejamos a diario. Aún hoy, podría decir.

Fue muy valorada en nuestra sesión de debate la capacidad de Ramón J. Sender para utilizar un portentoso despliegue de andalucismos. Cosa rara en un aragonés, dijo Benjamín. Bien mirado, La tesis de Nancy es una reflexión sobre el lenguaje, la comunicación o la incomunicación entre culturas, de manera que no sólo andalucismos: también anglicismos (que conocía bien, lamentablemente por culpa del exilio que sufrió).

Un aspecto que no se debatió mucho fue el de la conexión que Ramón J. Sender pudiera haber tenido con autores que, desde fuera, observaron y escribieron críticamente sobre nuestro país; es decir, sobre nuestras costumbres y nuestras carencias (o, podríamos decir, sobre las carencias que conllevan nuestras costumbres). Nos podríamos referir a Borrow o Gerald Brenan, por ejemplo. En efecto, la mirada de Nancy es una mirada limpia y cargada de afectividad por lo que ve: su criterio, sus impresiones y reflexiones van conformando un cuadro crítico sobre aquello que (¿esencialmente, atemporalmente?) somos. Traté de introducir esa discusión, pero sin demasiado éxito.

Insisto, para terminar, en algo que decía al principio: leamos a Ramón J. Sender. A pesar de La tesis de Nancy, tan célebre y tan leída, es un autor cuyos méritos pueden valorarse mucho mejor en otras de sus obras, y a ello os invito.

La próxima sesión del Club estará dedicada a debatir sobre literatura japonesa. Tengo la impresión de que nos acercamos poco, o muy someramente, por la cultura que nos viene de Asia. Intentaremos, pues, ese acercamiento con un autor fundamental de la literatura japonesa contemporánea: Natsume Sōseki.

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Club de Lectura. 27ª sesión: de Jorge Luis Borges a Ramón J. Sender

Jorge Luis Borges (fotografía de Wikipedia)

Jorge Luis Borges
(fotografía de Wikipedia)

Una vez leído El Aleph, de Jorge Luis Borges, nos dispusimos a comentarlo en la sesión correspondiente del Club de Lectura de nuestra Biblioteca. Sin duda alguna, Borges es uno de los más grandes autores de la literatura universal. Así, con todas las letras. Podríamos elegir a ciegas cualquiera de sus títulos y disfrutar con textos que no han envejecido ni han perdido pulsión emocional o artística. Sin embargo, las apreciaciones de los lectores del Club no fueron unánimes en este sentido: para algunos, El Aleph es una genialidad, una maravillosa colección de relatos; para otros, un libro inalcanzable, de vuelos filosóficos muy altos o demasiado altos; y, entre estos últimos, los hubo que acudieron al ejercicio de distinguir la fábula del trasfondo filosófico con vistas a no perderse en los laberintos del pensamiento borgiano (lejos de ser reprochable, la considero una buena estrategia de lectura que podría anunciar relecturas en otros momentos).

Inevitablemente, salieron a colación algunos de las cuestiones más conocidas y polémicas en torno a la proyección pública de Borges: su vastísima cultura, su europeísmo y cosmopolitismo, su torre de cristal intelectual, cierto grado de distanciamiento aristocrático, su (aparente) decantación por la razón frente al sentimiento y, finalmente, sus palabras de apoyo a la entonces incipiente y por siempre despreciable dictadura de Videla en Argentina. Con respecto a esto último, habría que decir, e insistir todo lo que haga falta, que Borges comprendió muy pronto su error y que se retractó pública y firmemente. Creo que a un escritor de esta altura, coherente y con capacidad y valentía como para reconocer públicamente un error de este calibre, se le debería juzgar con menos severidad en este punto. Su aportación literaria y vital a este mundo en el que vivimos, a su siglo XX/cambalache y a los venideros, merecería que zanjáramos definitivamente esta polémica.

Así que, retomando lo que habíamos comenzado, Inma, José Antonio, Olga, Manoli, Antonio, Javier, Laura y Benjamín disfrutaron mucho con esta lectura. Cada uno, a su manera. Alabaron la concisión y precisión de su estilo narrativo, sin barroquismos tan innecesarios como fuera de las vanguardias en las que Borges se formó; la finísima ironía de muchas de sus líneas; la empatía del autor con sus personajes (incluso aquellos cuyo comportamiento o actitudes pudieran considerarse censurables, o aquellos que, por tradición cultural, se encuentran en nuestra memoria colectiva desempeñando un triste papel: el Minotauro, por ejemplo); las conexiones literarias con Poe, Chéjov o Cortázar, que señalaba Antonio; y, quizás lo más llamativo, los distintos puntos de vista que el autor adopta para narrar y que el lector, aceptando el juego (pactado implícitamente, claro) asume y disfruta. Javier, por ejemplo, expresaba que si este libro se ha leído sólo una vez, entonces no se ha leído. José Antonio confesaba haberlo leído ya varias veces, y añadía: siempre es como si fuese la primera vez. Manoli, que no conocía El Aleph, mostró su alegría por haberlo leído: mencionó los relatos El inmortal, Emma Zunz y La casa de Asterión como los mejores del libro. Benjamín resaltó el gusto por lo árabe que se aprecia en algunos relatos.

Minotauro, según Georges F, Watts (reproducción de Wikipedia)

Minotauro, según Georges F, Watts
(reproducción de Wikipedia)

Por contra, Lorenzo, Paqui, Pedro Luis, José Luis y Candi mostraron diverso tipo de objeciones. La objeción más original la aportó Candi, quien propuso que organizáramos una velada junto a una chimenea para leer El Aleph todos juntos. A ver si así acabo de comprenderlo, dijo. En efecto, las críticas fueron por ese lado: las dificultades para comprender, al menos en ocasiones, unos textos que plantean problemas filosóficos cuya resolución o comprensión precisa de herramientas suficientes en manos del lector. Laberintos, espejos, el mismo aleph, desiertos insondables, citas bibliográficas (reales o ficticias), y a su vez citas de citas…, todos ellos son símbolos del código borgiano con el que se trata de explicar el universo y nuestra función en el mundo, en un aquí y ahora sin respuestas y, quizás, sin salidas (su complejidad, su infinitud, sus niveles, conviviendo con su pequeñez y fragilidad…) Así, se habló de intelectualismo frente a sentimiento, cerebro frente a corazón. Pedro Luis se refirió a líneas, párrafos, que le habían conmovido, pero que no había llegado a entender a Borges. ¿Debería pedir perdón por ello?, añadió. Claro que no, pero tal vez si en otro momento volviera a intentar la lectura…

Para la próxima ocasión, y también con idea de cambiar completamente de registro y estilo, leeremos La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender, un autor que podría estar mejor valorado si en nuestro país tuviésemos mejor autoestima. Es verdad (me anticipo) que La tesis de Nancy no es su mejor libro, pero nos permite debatir sobre las particularidades de nuestro país (otros dicen esencias, qué palabra) y entrar en la estela de autores que, junto a Sender, miraron nuestro país desde fuera y lo criticaron tanto como lo quisieron: Borrow, Brenan…


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