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Club de Lectura. 28ª sesión: de Ramón J. Sender a Natsume Sōseki

Ramón J. Sender (imagen de www.ramonjsender.com)

Ramón J. Sender
(www.ramonjsender.com)

De entre la mucha y variada producción literaria de Ramón J. Sender, un autor que me gusta mucho y al que acudimos quizá poco, hemos leído La tesis de Nancy. Para ser francos, debo decir que esta novela no ha gustado especialmente a los lectores del Club de la Biblioteca. Ya lo escribía en la anterior entrada, cuando la anunciaba: no está entre las mejores de este autor, que firmó obras memorables que toda persona instruida debiera leer (Crónica del alba o La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, por citar sólo un par). La tesis de Nancy se ha quedado vieja, esa es la verdad. Hace gracia, sí, pero cansa muy pronto. Es interesante, sí, pero aburre antes de alcanzar las ochenta páginas. Ramón J. Sender la publicó en 1962, exhibiendo un sentido del humor, un planteamiento, unos personajes y una estructura acordes con los lectores de la época; de hecho, su publicación fue un verdadero éxito editorial en su día. Pero no conecta demasiado con nosotros. Sin embargo, merecía la pena leerla.

El planteamiento es muy sencillo: una estudiante norteamericana viene a España, a Sevilla, a estudiar y hacer una tesis sobre nuestro país. En forma de cartas que envía a los Estados Unidos, accedemos a su proceso de adaptación a Sevilla y a su gente, de modo que a Nancy la vemos permanentemente en su periplo por un paisaje de arquetipos y costumbrismos. No hay una trama que enganche al lector (tal vez su relación con Curro, el gitano, tal vez su relación con Mrs. Dawson, pero son muy insuficientes). La tesis de Nancy se desarrolla, pues, como una sucesión de episodios en los que Ramón J. Sender va integrando equívocos lingüísticos muy divertidos en su mayor parte, confusiones propias de un choque entre culturas y reflexiones en las que se aúnan la candidez y la inocencia de esta jovencita con el cientificismo asumido en los Estados Unidos (su herramienta para elaborar su tesis). Es muy interesante, a este respecto, observar cómo el autor juega a poner sobre la mesa no sólo los estereotipos que se atribuyen a los sevillanos (y, por reduccionista extensión, a los españoles), sino que también nos presenta al arquetipo americano (esa candidez, esa aparente inocencia, ese rigor y adelanto científico). Al final, resulta un tapiz de equívocos con conceptos que, inconscientemente, muchas veces manejamos a diario. Aún hoy, podría decir.

Fue muy valorada en nuestra sesión de debate la capacidad de Ramón J. Sender para utilizar un portentoso despliegue de andalucismos. Cosa rara en un aragonés, dijo Benjamín. Bien mirado, La tesis de Nancy es una reflexión sobre el lenguaje, la comunicación o la incomunicación entre culturas, de manera que no sólo andalucismos: también anglicismos (que conocía bien, lamentablemente por culpa del exilio que sufrió).

Un aspecto que no se debatió mucho fue el de la conexión que Ramón J. Sender pudiera haber tenido con autores que, desde fuera, observaron y escribieron críticamente sobre nuestro país; es decir, sobre nuestras costumbres y nuestras carencias (o, podríamos decir, sobre las carencias que conllevan nuestras costumbres). Nos podríamos referir a Borrow o Gerald Brenan, por ejemplo. En efecto, la mirada de Nancy es una mirada limpia y cargada de afectividad por lo que ve: su criterio, sus impresiones y reflexiones van conformando un cuadro crítico sobre aquello que (¿esencialmente, atemporalmente?) somos. Traté de introducir esa discusión, pero sin demasiado éxito.

Insisto, para terminar, en algo que decía al principio: leamos a Ramón J. Sender. A pesar de La tesis de Nancy, tan célebre y tan leída, es un autor cuyos méritos pueden valorarse mucho mejor en otras de sus obras, y a ello os invito.

La próxima sesión del Club estará dedicada a debatir sobre literatura japonesa. Tengo la impresión de que nos acercamos poco, o muy someramente, por la cultura que nos viene de Asia. Intentaremos, pues, ese acercamiento con un autor fundamental de la literatura japonesa contemporánea: Natsume Sōseki.

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Club de Lectura. 27ª sesión: de Jorge Luis Borges a Ramón J. Sender

Jorge Luis Borges (fotografía de Wikipedia)

Jorge Luis Borges
(fotografía de Wikipedia)

Una vez leído El Aleph, de Jorge Luis Borges, nos dispusimos a comentarlo en la sesión correspondiente del Club de Lectura de nuestra Biblioteca. Sin duda alguna, Borges es uno de los más grandes autores de la literatura universal. Así, con todas las letras. Podríamos elegir a ciegas cualquiera de sus títulos y disfrutar con textos que no han envejecido ni han perdido pulsión emocional o artística. Sin embargo, las apreciaciones de los lectores del Club no fueron unánimes en este sentido: para algunos, El Aleph es una genialidad, una maravillosa colección de relatos; para otros, un libro inalcanzable, de vuelos filosóficos muy altos o demasiado altos; y, entre estos últimos, los hubo que acudieron al ejercicio de distinguir la fábula del trasfondo filosófico con vistas a no perderse en los laberintos del pensamiento borgiano (lejos de ser reprochable, la considero una buena estrategia de lectura que podría anunciar relecturas en otros momentos).

Inevitablemente, salieron a colación algunos de las cuestiones más conocidas y polémicas en torno a la proyección pública de Borges: su vastísima cultura, su europeísmo y cosmopolitismo, su torre de cristal intelectual, cierto grado de distanciamiento aristocrático, su (aparente) decantación por la razón frente al sentimiento y, finalmente, sus palabras de apoyo a la entonces incipiente y por siempre despreciable dictadura de Videla en Argentina. Con respecto a esto último, habría que decir, e insistir todo lo que haga falta, que Borges comprendió muy pronto su error y que se retractó pública y firmemente. Creo que a un escritor de esta altura, coherente y con capacidad y valentía como para reconocer públicamente un error de este calibre, se le debería juzgar con menos severidad en este punto. Su aportación literaria y vital a este mundo en el que vivimos, a su siglo XX/cambalache y a los venideros, merecería que zanjáramos definitivamente esta polémica.

Así que, retomando lo que habíamos comenzado, Inma, José Antonio, Olga, Manoli, Antonio, Javier, Laura y Benjamín disfrutaron mucho con esta lectura. Cada uno, a su manera. Alabaron la concisión y precisión de su estilo narrativo, sin barroquismos tan innecesarios como fuera de las vanguardias en las que Borges se formó; la finísima ironía de muchas de sus líneas; la empatía del autor con sus personajes (incluso aquellos cuyo comportamiento o actitudes pudieran considerarse censurables, o aquellos que, por tradición cultural, se encuentran en nuestra memoria colectiva desempeñando un triste papel: el Minotauro, por ejemplo); las conexiones literarias con Poe, Chéjov o Cortázar, que señalaba Antonio; y, quizás lo más llamativo, los distintos puntos de vista que el autor adopta para narrar y que el lector, aceptando el juego (pactado implícitamente, claro) asume y disfruta. Javier, por ejemplo, expresaba que si este libro se ha leído sólo una vez, entonces no se ha leído. José Antonio confesaba haberlo leído ya varias veces, y añadía: siempre es como si fuese la primera vez. Manoli, que no conocía El Aleph, mostró su alegría por haberlo leído: mencionó los relatos El inmortal, Emma Zunz y La casa de Asterión como los mejores del libro. Benjamín resaltó el gusto por lo árabe que se aprecia en algunos relatos.

Minotauro, según Georges F, Watts (reproducción de Wikipedia)

Minotauro, según Georges F, Watts
(reproducción de Wikipedia)

Por contra, Lorenzo, Paqui, Pedro Luis, José Luis y Candi mostraron diverso tipo de objeciones. La objeción más original la aportó Candi, quien propuso que organizáramos una velada junto a una chimenea para leer El Aleph todos juntos. A ver si así acabo de comprenderlo, dijo. En efecto, las críticas fueron por ese lado: las dificultades para comprender, al menos en ocasiones, unos textos que plantean problemas filosóficos cuya resolución o comprensión precisa de herramientas suficientes en manos del lector. Laberintos, espejos, el mismo aleph, desiertos insondables, citas bibliográficas (reales o ficticias), y a su vez citas de citas…, todos ellos son símbolos del código borgiano con el que se trata de explicar el universo y nuestra función en el mundo, en un aquí y ahora sin respuestas y, quizás, sin salidas (su complejidad, su infinitud, sus niveles, conviviendo con su pequeñez y fragilidad…) Así, se habló de intelectualismo frente a sentimiento, cerebro frente a corazón. Pedro Luis se refirió a líneas, párrafos, que le habían conmovido, pero que no había llegado a entender a Borges. ¿Debería pedir perdón por ello?, añadió. Claro que no, pero tal vez si en otro momento volviera a intentar la lectura…

Para la próxima ocasión, y también con idea de cambiar completamente de registro y estilo, leeremos La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender, un autor que podría estar mejor valorado si en nuestro país tuviésemos mejor autoestima. Es verdad (me anticipo) que La tesis de Nancy no es su mejor libro, pero nos permite debatir sobre las particularidades de nuestro país (otros dicen esencias, qué palabra) y entrar en la estela de autores que, junto a Sender, miraron nuestro país desde fuera y lo criticaron tanto como lo quisieron: Borrow, Brenan…


Club de Lectura. 26ª sesión: de Boris Vian a Jorge Luis Borges

Boris Vian (fotografía tomada de Wikipedia)

Boris Vian
(fotografía tomada de Wikipedia)

Animadísima sesión de nuestro Club de Lectura de la Biblioteca Bartolomé J. Gallardo. Habíamos leído Que se mueran los feos, de Boris Vian, una novela divertida, imprevisible, alocada y gamberra de un autor muy singular. Con elementos, estructura y diálogos propios del género (o subgénero) policiaco, así como de la ciencia ficción, Que se mueran los feos es finalmente una parodia de estos tipos de narración; pero es también algo más. Veamos.

Sospechaba que habría disparidad de comentarios con respecto al libro, y así fue: para empezar, Yolanda, Pedro Luis o Paqui expresaron, con más o menos reservas, su disgusto con una narración sin sentido, ni siquiera sentido del humor y decididamente pésima. Añadieron que no tiene una estructura clara, que parece improvisada, que carece de valores literarios claros, que los personajes son muy planos y simplones… Es verdad que esta novela no es la mejor de Boris Vian; cabe decir que a Vian se le recuerda más por otros títulos (La espuma de los días o La hierba roja, por ejemplo, así como sus poemas y canciones), pero los valores de Que se mueran los feos son muy distintos a los de las obras que acabo de citar: hay que leerla con otras claves, con otra mirada. Esas otras claves/miradas fueron expresadas por los demás compañeros del Club con el entusiasmo suficiente como para que, al final de la sesión, Yolanda expresara que le había encantado escucharnos (dando en el blanco de lo que es un Club de Lectura: un intercambio de puntos de vista entre un grupo de aguerridos lectores dispuestos a modificar sus propios pareceres y comprender empáticamente los ajenos). Por su parte, Laura comentó que tampoco le había gustado, pero que… no había podido dejar de leerla, que la narración le seducía. Bien, pues tiremos de este hilo: ¿por qué puede seducirnos, engancharnos, una narración disparatada que puede no gustarnos demasiado?

En general, a todos nos pareció una obra muy divertida, dinámica y, sobre todo, paródica. Ahí está la clave: Que se mueran los feos es una parodia completa del género policiaco y sus modelos de personajes, de sus estructuras, de sus tramas, de sus diálogos… Sólo así se entiende el descontrol narrativo, la falta de trascendencia e importancia de la que hablaban Lorenzo y Candi (quienes aclaraban que esas carencias son deliberadas, que así lo habría querido el autor). Lo más destacable, pues, estaría en el tono vital, en la pasión que el libro destila, en la completa libertad con la que ha sido escrito, siendo finalmente, por resumir, un elogio de la juventud y sus impulsos de toda clase.

José Antonio (Fifo) la relacionó agudamente con El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza; Leonor y Paqui se la iban imaginando como un cómic (Sin City, citó Leonor); Alba la relacionó con 1984, de George Orwell, por los aspectos truculentos de la historia; José Luis construyó un razonamiento que comenzaba en el cine policiaco de la época y terminaba en Lévi-Strauss y los estructuralistas, pasando por las corrientes literarias del absurdo y su sentido del humor, además de Aldous Huxley; Antonio y yo mismo citamos a Raymond Chandler y Dashiell Hammett; Javier valoró, en las primeras páginas de este mundo al revés, al guaperas protagonista, Rocky Bailey, como un alma femenina acosada por las mujeres, mientras que las mujeres adoptan generalmente (por no decir siempre) un comportamiento arquetípicamente masculino. Realmente, entre todos sacamos bastantes referencias, siendo una conclusión aceptable para todos que la literatura es, entre otras muchas cosas, juego y libertad creativa (como aprendimos para siempre al leer a Julio Cortázar, por ejemplo). Y risas. Y un poco de locura. Y un poco de sinsentido y exceso, en la mejor tradición, francesa en este caso, de Rabelais o Voltaire. Y no tomárselo todo demasiado en serio: recordemos que Boris Vian escribió esta novela justo después de la II Guerra Mundial, y es perfectamente comprensible la pendulación hacia el humor desenfrenado tras semejante despliegue de salvajismo colectivo. Esta consideración motivó asimismo que Antonio, en su lectura, destacara temas muy serios, e incluso actuales, bajo la sátira de la narración: el descarnado racismo/fascismo y sus proyectos de creación de un mundo de guapos que quiere realizar un tal Markus Schulz, malo malísimo de esta aventura y antagonista de nuestro guapísimo detective improvisado Rocky Bailey.

Para terminar, no quiero dejar pasar cómo Javier señaló, con un punto de cándida malignidad, que el título de esta obra (Que se mueran los feos) bien pudiera ser una alusión a Jean-Paul Sartre. Se sabe que la mujer de Boris, Michelle Vian, comenzó una relación con Sartre y, naturalmente, el matrimonio se vino abajo. A todo esto, Boris y Jean-Paul eran amigos hasta ese momento.

Cambiamos completamente de registro el próximo día: habremos leído El Aleph, del grandísimo Jorge Luis Borges, y expondremos nuestros puntos de vista sobre una obra que, a su vez, es un festín de puntos de vista.

Os dejo a todos, como siempre, algunos enlaces interesantes (para ir abriendo boca, para disfrutar aún más…, para lo que se quiera):

  1. Una interesantísima entrevista a Borges en el programa A fondo, de TVE, en 1976.
  2. Algunos poemas, recitados por el propio Borges.
  3. El podcast de un programa de RNE: Borges en su laberinto, emitido el 11/04/2003.

Club de Lectura. 24ª sesión, de Daniel Pennac a Julio Llamazares

El pasado martes, 7 de octubre, hemos comenzado la tercera temporada del Club de Lectura de la Biblioteca Pública (sí, sí: pública) del Estado Bartolomé J. Gallardo, en Badajoz. Fue, entre otras cosas, una sesión de reencuentros con lectores (y amigos) anteriores y de encuentro con los nuevos miembros del Club. Hice la presentación con los inevitables nervios del primer día, pero uno se percata en seguida de que está ante un grupo de personas tan afables y tan predispuestas a disfrutar del Club, que finalmente los nervios pierden sentido, y desde luego pertinencia.

Ahí estaban, mientras hablaba, los repetidores: Manoli Romero, tan entusiasta que viene desde Montijo sólo para poder asistir; Jesús, profesor de Filosofía que llevaba libros de Bernhard y se disculpaba por haber faltado a las últimas sesiones; Yolanda Díaz, que toma notas mientras lee y con quien mágicamente coincido en la pasión por ciertos extravagantes autores (Galdós, Steinbeck…); Carmen Molina, que consigue emocionarme mientras explicaba cómo gracias al Club había descubierto autores a los que, de otra manera, nunca (quizás) habría leído; José Luis Martín, un lector por imperativo vital siempre atentísimo a lecturas de las que llaman minoritarias; Cándido, el Candi, disfrutador de todo lo que hace (y, para saberlo, sólo hay que conocerle): también de nuestras lecturas; Javier Millán, siempre irónico, siempre culto, siempre un punto de vista singular; Pedro Luis, preciso y elegante en sus intervenciones; Paqui, nuestra Paqui, que lee con el corazón más que con la vista, y así nos lo muestra luego cuando expresa sus apreciaciones. Otros no pudieron venir en esta ocasión. Les espero: Juanjo Toresano, un ciclón de vitalidad lectora; María de la Cruz, para quien los libros siempre serán armas cargadas de futuro; José Antonio Álvarez, economista y bilbaíno, todos nos callamos súbitamente cuando toma la palabra, y con eso está dicho todo.

¿Y los nuevos? Pues una incógnita, claro. Son Lorenzo, Inmaculada, Leonor, Inés, Mª Ángeles, José Antonio (Fifo), Antonio, Patricia, Laura, Mª Carmen, Mª Teresa, Ángeles, Alba, Mª José y Olga. ¡¡¡Bienvenidos!!! Se presentaron y hablaron de sus lecturas de verano, la única referencia que, como lectores, tengo de ellos. Y sí, fue suficiente: mencionaron a Pío Baroja y a Raymond Chandler, por citar a algunos, y si pensamos en lo que suele entenderse como lectura de verano, pues… uff, qué nivel. Después, a propósito de los Derechos del Lector elaborados por Daniel Pennac, intervinimos todos y esta primera sesión fue, como lo ha sido durante las dos temporadas pasadas, un placer para todos. Más aún: el microclima de cultura y entendimiento que nos gusta crear entre todos.

Leeremos durante los próximos quince días La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, editada por Seix/Barral, y la leeremos contracorriente, a sabiendas de que hoy por hoy no se llevan las narraciones introspectivas que se demoran con delectación en los paisajes poéticos de la naturaleza o del alma o la conciencia.

Os dejo algunos enlaces interesantes (además de los tres enlaces que ya están en el texto):

1. Los Derechos del Lector, promulgados y explicados por su autor, Daniel Pennac.

2. El documental Ainielle tiene memoria.

3. Un recentísimo reportaje sobre millonarios que compran en España aldeas abandonadas, y…

4. El artículo que Julio Llamazares ha escrito a propósito de dicho reportaje.


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